Mi nombre es Vilma Morales, nací en Guatemala un 2 de diciembre de 1971, así que tengo 44 años. Soy la segunda de tres hermanos. Mis padres tienen 46 años de casados. Estoy casada con un hombre al que me llevó un tiempo encontrar, pero que llegó a mi vida cuando no lo estaba buscando. Me gusta leer, escribir, pintar, hacer cosas creativas con mis manos, diseñar en la computadora. Me encanta abrazar árboles.

Describe tu sueño de maternidad.
Desde muy joven, en la adolescencia, pensaba en cómo sería mi vida con hijos. Los niños me han encantado siempre y tengo algo, que en mi país, le dicen ángel con ellos, niños o niñas. Recuerdo que siempre estaba rodeada de pequeños, los hijos de mis primas o cualquier niño que me encontraba en algún lugar. Solía soñar con sus rostros, deseaba tener dos, una niña y un niño, aunque con el tiempo me planteaba tres, para que hubiera un tercero en discordia. Cuando tuve más edad y mi primer matrimonio en puerta, pensaba en sus nombres, hacía planes, pensaba en donde me gustaría que estudiaran, si hubieran tenido afición por algún deporte, música, arte u otra cosa, como los apoyaría para que siguieran su sueño. Me encantó leer El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, y fantaseaba con leerles ese y otros libros. Pensaba que si a mí me gusta leer, seguro alguno heredaría el mismo gusto.  Cuando yo era bebé tenía poco pelo, así que mi mamá me pegaba moños y otros adornos con cinta adhesiva, así que yo visualizaba a mis hijos así, con poco pelo, pero nunca les pegaría nada en la cabeza, así peloncitos se ven lindos los bebés.

En realidad, he vivido una búsqueda para tener hijos desde hace casi 20 años. Me casé, la primera vez, con un hombre con el que hablábamos de tener hijos y hacíamos planes juntos para tener una familia. Sin embargo, todo quedó en planes porque cuando noté que no quedaba embarazada, dicho sea de paso,  nunca he usado un método anticonceptivo, fui a ver al ginecólogo y me dijo que yo estaba bien, pero que necesitaba hacerle pruebas a mi esposo. Fue muy difícil llevar esto sola porque él no quiso ir nunca conmigo, no accedió a hacerse los análisis y el matrimonio, que solo duró dos años, se deterioró tan rápido que tomé la decisión de terminar con esa relación. Me negué un tiempo a aceptar que terminara, pero luego me di cuenta que debí haber terminado con él desde que volvimos del viaje de luna de miel. Él solo pensaba en sus intereses y yo, siempre estaba de último en sus planes. Un tiempo después, cuando hicimos el trámite de la nulidad eclesiástica, supe que él tenía un padecimiento que le impedía tener hijos, él lo sabía, pero nunca me lo dijo, pero sí que muchas veces me dijo que yo era la que no podía tener hijos y que ni para eso le servía. En conclusión, pasé por un divorcio muy difícil y de ese matrimonio no quedaron hijos, afortunadamente pensé en aquel momento, porque aún era joven y pensé que más adelante podía tener otras oportunidades.

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Unos años después conocí a otra persona que me conquistó con mucho estilo y me hizo creer de nuevo que podíamos tener algo importante juntos. Infortunadamente este hombre tenía un problema que se llama misoginia, pero lo escondía debajo un falso encanto. Cuando lo detecté, inmediatamente terminé la relación. Un mes después de esto, empecé a sentir molestias y la menstruación no llegaba, así que fui al médico y cuál fue mi sorpresa: estaba embarazada. Desde que el médico me vio me lo dijo, era tan difícil de creer, iba a tener un hijo. El inicio del embarazo fue difícil porque tuve muchas náuseas, además, padezco de hipotiroidismo y me tuvieron muy monitoreada para asegurarse que la bebé estuviera bien. El papá de mi hija supo que tendríamos una hija, pero solo estuvo conmigo un mes y después se esfumó. Esos últimos cinco meses de embarazo fueron los más felices que he vivido respecto a la maternidad, hasta que el 4 de mayo del 2006 la bebé nació. La escuché llorar una sola vez y después todo se volvió una pesadilla. Nació con problemas de salud, le hicieron una intervención quirúrgica, pero falleció al día siguiente. Quedé devastada, sentí como si hubieran amputado una parte de mi alma.

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Esto era demasiado, así que busqué ayuda profesional, me acompañó una psicóloga en toda la elaboración del duelo, hasta que acepté la muerte de mi hija y continué con mi vida.

Al casi cumplir un año de la muerte de mi bebé, conocí al hombre más bueno, que hasta el día de hoy, he conocido; noble, compasivo, empático, inteligente, que entendió con mucho amor lo que yo ya había vivido y así se enamoró de mí y yo de él. Nos casamos dos años después. De nuevo yo hacía planes con él, compartíamos el gusto por muchas cosas y teníamos juntos el sueño de tener tres hijos, para ese momento ya no  importaba si eran todos niños o todas niñas, o si eran variedad. Al año de casados,  no quedaba embarazada y estaba un poco ansiosa, así que, de nuevo al ginecólogo. Todas las pruebas siempre salían bien, las mías y las de él. Empecé tomando Omifin, por un año y nada. Entonces decidimos ir a una clínica especializada en tratamientos de reproducción asistida. Empezó el calvario, la edad me atormentaba, el tic tac de mi reloj biológico caminaba muy rápido, los horarios, las inyecciones en el vientre, las pastillas, dolores de cabeza, náuseas, el vientre inflamado como si estuviera embarazada ya, cambios de estado de ánimo, a ratos muy optimista y a ratos con miedo. Los médicos te dicen, debes estar muy tranquila, nada de estrés. ¿Cómo?  ¿Es eso posible?  Tenía que cuidarme hasta del aire porque una gripe o un poco de fiebre y el tratamiento se iba al trasto. Y al final, las pruebas de embarazo, con letras mayúsculas: NEGATIVO. Estos fueron los momentos más oscuros. Una nube gris se posaba sobre nuestras vidas, a llorar hasta el cansancio, un tiempo para descansar y a tomar fuerzas para el próximo tratamiento. Saltamos de la inseminación artificial a la fertilización in vitro. Y ya de última instancia, te sugieren la ovodonación y/o el vientre de alquiler, esto último ya no cabía en mi sistema de creencias, así que, se acabó. A reponerte porque no se pudo y la vida sigue.

Pensé, por momentos, que perdería la razón. Tuve que tomar medicamentos para la ansiedad y con el tiempo y mucha suerte, encontré a una bendita mujer que me ayudó con arte terapia, aprovechamos mis habilidades manuales para sanar mis heridas emocionales.
Pasó un tiempo y nos empezó a rondar la adopción, pero en ese tema tampoco nos resultaron las cosas. Intentamos, pero en mi país, es un tema muy mal manejado cuando lo haces legalmente, y si lo haces por tu lado, te arriesgas mucho. Pero yo nunca estuve convencida con esta opción. Mi esposo es un ser humano muy solidario y se conmueve mucho con la realidad tan dura de los niños en situación de abandono. Pero, finalmente decidimos que esto no es para nosotros.   

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¿En qué etapa de tu viaje estás ahora?
Todavía estoy enojada conmigo misma, no digamos con Dios. No he logrado aceptar mi vida sin hijos, pero el terapeuta que nos acompaña, me dice que estoy en proceso, que ya voy en camino. Duele mucho todavía, me molesta que las personas me pregunten, pero también me molesta que sea un tema tabú, del que no se puede hablar con libertad, que las personas que no lo han vivido no sean empáticas, que muchas mujeres que tienen hijos solo hablen de sus hijos y uno, como si no existiera. Mi  dolor no cuenta, porque no hay un embarazo malogrado, porque no hay un bebé que nació pero murió, simplemente porque no hay hijos. La familia tampoco ha sido de mucho apoyo, quieren que yo esté bien, no importa lo que tenga que hacer. He tenido que escuchar cosas tan absurdas como: “Ustedes no tienen hijos porque primero quieren tener dinero y después los hijos”, “Cuando perdí mi primer bebé, me sentí aliviada”, “No tienen hijos porque no han pedido la bendición de sus padres”, “No han  pedido con fe, por eso no tienen hijos”, bueno, la lista sigue.

¿Qué recursos crees que necesitamos las Mujeres Sin Hijos?
Me gustaría contar con un grupo de apoyo. Lo he buscado y no lo he encontrado. He intentado formarlo, pero en la sociedad en la que vivo, pareciera que es mejor ponerle un velo al tema y dejarlo así, sin hablarlo, sin vivirlo, sin compartirlo. Me gustaría tanto, hablar con otras mujeres, es un oasis en el desierto, y lo digo con toda certeza, porque asisto a un grupo de apoyo para madres en duelo y allí comparto con otras mamás que perdieron hijos de diversas edades y de diversas formas, y nos sentimos tan respaldadas, tan acuerpadas, tan cómodas hablando de lo que sentimos, recordando a nuestros hijos. Pero el tema de no tener hijos es diferente, respecto a eso no puedo hablar en este grupo, porque la mayoría de mujeres tienen otros hijos y tratan de darme consejos que no me han sido útiles, aunque lo hacen con la mejor intención.

¿Qué crees que nosotras las  Mujeres Sin Hijos hacemos por las mujeres y por nuestro género?
Las Mujeres Sin Hijos podemos hacer muchas cosas por nuestro género, creo , que si hemos aprendido algo en este caminar, tenemos mucha sensibilidad, podemos acompañar a otras mujeres, podemos ser apoyo, podemos escuchar sin juzgar. Una vez leí algo que decía algo así, más o menos: “Un árbol que no da frutos, puede ser muy útil para dar sombra y cobijo”.

¿Cómo crees que aportamos a la evolución de la visión femenina en nuestra sociedad o en tu círculo de amigos y familiares?
Creo que podríamos ir abriendo brecha, las mujeres que no tenemos hijos, algún punto de partida tiene que tener la apertura a temas que deberían de ser de interés social. Esta realidad de no tener hijos se está haciendo cada vez más frecuente y el no hablarlo, no significa que no siga sucediendo.

¿Qué ves cuando te miras al espejo?
Cuando me veo al espejo, veo a una mujer que ha pasado por mucho, pero que ha aprendido en una medida, que no se compara con lo que te enseñan en el colegio o la universidad. La vida ha sido mi maestra. Me veo joven, me arreglo para sentirme bien conmigo misma. Me veo con potencial para hacer cosas, aunque por momentos me veo triste o enojada, y a veces, sin ganas de seguir, pero no me quedo allí. Me veo en camino a algo, no sé si mejor, pero si diferente.

¿Conoces a otras Mujeres Sin Hijos que quieran compartir su historia?
Infortunadamente, de las mujeres que conozco que no pueden tener hijos, no hay una que yo crea que quiera compartir su historia. Culturalmente estamos muy programados para no hablar de lo que nos duele, de lo que nos incomoda.

Tere, gracias por abrir este blog, no sabes cuánto necesitaba saber que hay alguien en la distancia que entiende lo que siento. 

Vilma Morales es una Mujer Sin Hijos.

Revisa nuestra galería en Pinterest de Mujeres Sin Hijos a través de la historia.

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